El maravilloso tema de la Jerarquía de las Leyes Universales
(2 noviembre 2026)
Para ilustrar este fenómeno del que tanto nos ha hablado Jesús* ─la jerarquía de las leyes, que parece ser un gran tema también para la filosofía de la ciencia─ podemos emplear una analogía entre la materia y la consciencia.
Una molécula de agua sufre cambios de fase (líquido -> hielo...). Debido a la naturaleza de sus enlaces, el agua lleva implícito en su propio diseño lo que podríamos llamar un “
conocimiento tácito material”, es decir, la potencialidad de sus futuros modos de existencia (sólido, líquido, gas).
Cuando las condiciones de contorno ambientales cambian, el rígido orden del hielo se deshace más o menos bruscamente en una singularidad matemática para dar paso a la fluidez del líquido, exhibiendo propiedades colectivas completamente nuevas sin haber anulado la física de sus átomos individuales.
Análogamente, el ser humano experimenta "cambios de fase" en su relación con las leyes naturales a través de lo que
Michael Polanyi denominó conocimiento tácito.
Constatamos esta potencia desde la infancia: a un niño no se le puede explicar verbalmente cómo equilibrar su centro de gravedad; debe interiorizar la ley de la gravedad mediante un aprendizaje esforzado, corporal e intuitivo. El niño inyecta su propio "calor latente" (atención y esfuerzo) hasta quebrar el límite y erguirse.
Polanyi explicaba que nuestra mente es capaz de anticipar, vía intuición e imaginación, una verdad que aún no podemos formular de forma explícita. Es, pues, como si el universo poseyera grados de libertad ocultos, a la espera de verse activados por nuestra agencia consciente: así como de cierto modo la fluidez está oculta en el hielo, la capacidad de volar o de emanciparnos de ciertas restricciones físicas está latente en nuestras capacidades y en nuestra interacción con la realidad.
Al ejercer esta imaginación epistémica, el ser humano no infringe las leyes inferiores (como la gravedad), sino que las subsume en un nivel superior de control (como la aerodinámica). Mantener la fidelidad a estas capacidades intuitivas expande nuestro conocimiento tácito colectivo, ejecutando un cambio de fase liberador que transforma las restricciones del entorno en nuevos vectores de libertad, regeneración y realización.
Por otra parte (y este es otro gran tema en el que Jesús incide mucho): Vemos que existe una profunda resistencia a aplicar el término “absoluto” a las leyes o verdades que descubrimos. Sin embargo, en el ámbito físico, constatamos que estas verdades poseen un carácter absoluto en su universalidad y en su capacidad latente de ser profundizadas: la ley descubierta nunca se anula, sino que se revela como el peldaño de una verdad mayor.
Entonces, por un principio de parsimonia o Navaja de Ockham, resultaría lógico e inspirador ─en un sentido puramente socrático─ proyectar este mismo comportamiento al resto de los órdenes de la realidad: el social, el ético, el emocional y el espiritual.
No hay razón epistémica para asumir que el universo cambie de reglas de juego al pasar de la materia a la consciencia. En todos estos ámbitos debería pues existir una verdad igualmente universalizable y liberadora, accesible mediante el mismo proceso de experimentación, fidelidad e intuición imaginativa, desprovista de dogmas.
Que nos cueste tanto aceptar la existencia de estas “leyes del espíritu” o de la ética universal, no se debería a un defecto en la verdad misma, sino al sesgo de nuestra propia condición emocional herida.
Debido a que lo físico es un aspecto que en realidad parecemos sentir como algo más bien "externo a nosotros", sí que aceptamos sus leyes sin oponer resistencia (por lo general); en cambio, en cuanto a lo personal, es decir, cuando la verdad apunta a lo personal ─lo relacional, lo emocional, lo moral─, la herida álmica reacciona, y lo hace así como defendiéndose tras un parapeto de relativismo.
Admitir que el ámbito de los asuntos éticos y espirituales también poseería un sustrato de leyes tan real e inmutable como la gravedad es el verdadero cambio de fase que nos aguarda, a propuesta de Jesús (y, en realidad, también a propuesta del Sócrates de los antiguos, incluso aunque Sócrates y sus guías no pudieron todavía conocer el Amor Divino, pues aún no había sido reotorgado ni a la humanidad encarnada ni a la desencarnada).
Parece que es solo a través de esa honestidad socrática como podremos pasar de la reacción negativa emocional a la libertad real, descubriendo más grados de libertad en el potencial humano de convivencia y plenitud.
___
(Texto elaborado y reelaborado proponiendo e intercambiando cosas, y preguntando, matizando etc., en “conversación” con IA-Gemini.)
___
* Ver por ejemplo las cinco sesiones de Jesús y María Magdalena, sobre la verdad divina, en el año 2013.